¡Efkolos Marcela!

Primer relato de la colección corta Amar

Éfkolos,
Marcela

Tan fácil como respirar

Una historia sobre el amor que se siente tan naturalmente como respirar.

Piensa en lo más fácil que hiciste en la vida. ¿Correr, reír, jugar, nadar, inspirar y exhalar? Así era todo con ella. Sencillo, natural, espontáneo.

Con ella todo fue sencillo: éfkolos, en griego. Tan fácil como respirar.

Explicaré el contexto para evitar malentendidos. Estamos acostumbrados a valorar las cosas que se ganan a pulso; las demás las dejamos de lado, sin comprender que el cariño se siente y punto. Se ama tal como se respira.

Para quienes crecimos juntos, barda con barda, y fuimos al mismo colegio, a la misma iglesia, a las mismas fiestas y a las mismas actividades, todo era conocido, leído; una carta abierta.

Nos besamos por primera vez cuando ella tenía trece años y yo quince. Sentados en las gradas, luego de un partido de béisbol, nos quitamos los zapatos del juego para reemplazarlos por los tenis para irnos a casa. Hablábamos del partido cuando, de pronto, ella interrumpió y cambió el tema al mencionar que era hora de ser novios.

—Somos novios —declaré—. Todos lo sabían. Nuestros amigos, nuestros maestros, el cura y hasta su madre, que entre borracheras se hacía la loca.

—Novios de verdad —especificó. Se acercó y me pidió que fuera su novio.

Supongo que dije que sí, porque unos segundos después me besó. Nuestro primer beso.

Había besado a otras chicas, pero besar a Marcela fue distinto. Desde entonces supe que el cariño que nos unió desde niños sería para siempre.

Cuando terminamos el bachillerato ya teníamos trazados los planes de un porvenir que ni parecía el nuestro. Dejaríamos el pueblo y emprenderíamos el camino a la capital, detrás de abstractas y lejanas ilusiones. En nuestro plan, ahorramos todo lo ganado en los últimos años: ella en el almacén del pueblo y yo trabajando en lo que apareciera. En aquel entonces no sabía quedarme quieto en un solo lugar.

No pudimos marcharnos cuando quisimos. Su madre armó un espectáculo monumental y amenazó hasta con llamar a la policía si su pequeña niña de dieciséis años cruzaba la puerta. Entre gritos dejó clara su renuencia a permitirme abusar de su hija y burlarme de su inocencia. No la tendría de concubina ni nada por el estilo. Al entender el problema, propuse que nos casáramos, y fue Marcela quien se negó tajantemente.

Durante dieciséis años había lidiado con sus berrinches, malcriadezas y arrebatos, pero esta vez estaba más desilusionada que furiosa. Quería escapar, quería irse, estaba loca por partir.

Enunció que no permitiría que su madre nos presionara para un matrimonio, mientras por primera vez se abría una grieta en nuestras maneras de pensar. Se sentía lo suficientemente mujer para emprender el vuelo y hacer su vida, pero muy joven para aceptar casarse con alguien para siempre (sin importar que fuese yo).

Me lastimó y ofendió en la misma medida, pero no le importó. Me amaba como yo era y exigía que correspondiera igual. Erróneamente había pensado que en los planes futuros yo era el marido y ella la mujer. Lo negó: éramos demasiado jóvenes para elegir la vida que queríamos y con quién vivirla sin haber salido nunca de ese pueblo. Reprimí mi molestia para convencerla de quedarnos un tiempo. No por miedo a su madre, sino por ella. Tarde o temprano debía confrontar su insana relación de madre e hija, pero aún no era tiempo de verlas enfrentarse.

Nos quedamos un año más. Una tarde llegó a casa y encontró a su madre ebria, tirada en la sala. En ese instante determinó esperar a que se le pasara la cruda e irnos al día siguiente. No estuve de acuerdo. Aunque lo habíamos hablado cientos de veces, no estaba preparado para irme del único lugar que conocí toda mi vida.

Al día siguiente se subió a la guagua de las seis. Lo supe cuando fui a buscarla y su madre me contó que se despidió y se fue.

Corrí hasta la parada y solo alcancé a ver el autobús tomando la carretera rumbo a la vida que nos pasamos la niñez planeando.

A pesar de saber que no la alcanzaría, corrí detrás del autobús por unos cuantos kilómetros y, luego del cansancio que deja un esfuerzo vano, el raciocinio me propuso esperar el siguiente.

Metí mis cosas a la carrera en una mochila, recolecté mis ahorros y tuve la oportunidad de despedirme de mi suegra como algún día me habría gustado hacerlo con mi madre.

Subí a la guagua y dije adiós al pasado, sin saber a ciencia cierta dónde buscar a Marcela para comenzar a vivir nuestros sueños; cómo convertirme en el hombre para ella y cómo hacerla completamente dichosa.

Alcancé a Marcela en la capital cerca del mediodía. No fue muy lejos. La encontré en la parada, sentada con su mochila, su camiseta gastada, los pantalones de muchos bolsillos, el exagerado maquillaje negro y sus Converse negros. Miró el reloj satisfecha con la hora, y toda mi molestia desapareció al abrazarla y sentir por primera vez su vulnerable miedo.

Tomados de la mano, alquilamos una pieza, compramos una cama y ella sacó la estufa eléctrica que se había llevado de su casa.

Tardamos un mes en matricularnos en la universidad y conseguir que el cuartucho pareciera un lugar habitable.

Para ese entonces, usando una minifalda, consiguió trabajo en una cafetería cerca de la universidad y yo continué haciendo dinero sin horario fijo. Vendía lo que aparecía, quitaba la maleza de algún solar, reparaba baños, cavaba hoyos, cargaba bolsas de supermercado, trabajaba en el muelle o daba tours en la Zona Colonial (sí, me aprendí la historia y lo que no sabía lo inventaba).

Teníamos un año en la capital cuando Marcela apareció en nuestra pequeña casucha con el tipo que bautizó como el hombre de su vida. El tipo aparcó su auto en la calle y la siguió por el estrecho callejón, mientras los vecinos sacaban la cabeza con disimulo. Lo invitó a pasar y procedió a presentarnos. El tipo llevaba un año cortejándola, haciéndole regalos e invitándola a salir, sin desanimarse ante los desplantes. Ante su insistencia, pensó que lo correcto era llevarlo a casa primero.

Procedió a hacer las presentaciones con descaro. Como respuesta, dejé su mano extendida y le dije que se fuera. Pareció confundido al principio, y después sonrió desfachatadamente hacia Marcela, sabiendo que había perdido. Preguntó con aprensión si yo era su marido y ella contestó que algo así, agregando que él había desperdiciado el tiempo cortejándola, pues ella acababa de enterarse de que estaba casado. No le importaba el irrespeto a su mujer ni su matrimonio, pero no aceptaba que pretendiera jugar con ella y convertirla en su amante.

Con una sonrisa burlona, el tipo enunció descaradamente que nunca pretendió que ni su mujer ni Marcela se enteraran la una de la otra, pero era lógico que un tipo como él estuviese casado. Resaltó que ella era bellísima, inteligente y con probabilidades de un gran futuro, pero mientras tanto vivía en un callejón con un fulano que apenas parecía llegarle a los tobillos.

Respondí lanzándole un golpe a aquel atrevido. El susodicho me respondió y terminé con la boca partida y varios golpes en el cuerpo. Marcela era mi mujer y él un atrevido por cortejarla. Pensé que Marcela se molestaría, pero sonrió, exhibiendo cierta satisfacción.

—Deberíamos tener sexo o algo así para dejar claro que soy tu mujer —sugirió mientras me curaba los golpes.

Le detuve la mano en seco y traté de aminorar las molestias que todavía sentía en el pecho.

—Ya te dije y ahora te lo repito: tendremos relaciones cuando seas mi esposa —determiné—. Lo que dijo ese tipo…

—¿Ese idiota? —interrumpió—. Él es quien no te llega ni a los tobillos —agregó, alejándose y mirándome con cierta distancia. Me volvía loco cuando se apartaba para mirarme, y sus ojos evidenciaban que, en su mundo, solo existía yo.

Por una vez quise tener la iniciativa. Ese mismo día fui a comprarle un anillo, la invité a cenar y luego la llevé al malecón. Me arrodillé frente al extenso y azulado mar Caribe y le pedí que se convirtiera en mi esposa.

—Claro que seré tu esposa, tu mujer, tu amante y continuaré siendo tu amiga. Seré tu esposa para siempre —respondió, y me besó con tal desenfreno que tuvimos que ponerle fecha a la boda a toda prisa para ayudarme a cumplir mi promesa.

Y nos casamos el fin de semana siguiente, porque las ganas de tenerla en mi cama me carcomían desde aquella tarde en el malecón. Insistí en que el matrimonio se celebrara en el pueblo para que su madre estuviese presente. Sabía que, a pesar de la relación de amor y odio que mantenían, se amaban y era injusto quitarle la ilusión de ver a su hija llegar al altar.

Tal como decidimos casarnos, también decidimos tener hijos. Tenía un taller de mecánica en el callejón, lo que nos permitió comprarnos un solar y prácticamente levantar una casa. Ella se graduó de abogada y trabajaba en un modesto bufete, donde el dueño, un señor de ochenta años, la trataba como a una hija.

Una tarde nos reunimos con los amigos y, mientras cenábamos y bebíamos, me advirtió que no retirara el cuatrimestre porque podía cansarse de tener un marido sin estudios universitarios y, sencillamente, abandonarme.

—Si alguien se atreve a interponerse en este matrimonio, se llevará a dos por delante, porque solo muerto te dejo ir —dije, sabiendo que solo buscaba motivarme con su satírico humor negro.

—¿Por qué no a tres? —preguntó.

—Pues serán tres —determiné.

Y nos perdimos de la reunión para ir al estacionamiento a hacer el amor, comenzando mi parte para que llegáramos a ser tres.

Al año siguiente nació Esteban. Entonces pude verla desplegar toda esa ternura que ocultaba dentro de su alma. Desaparecieron el cinismo, el sarcasmo, la ironía y la burla; era simple y puro amor. Aprendió a hacer arrumacos, a contar cuentos para dormir, y provocó que me enamorara de esa nueva mujer, al punto de que a veces no sabía cuál de sus versiones me gustaba más, mientras escuchaba su voz angelical entonar canciones de cuna.

La veía amar a Esteban con entrega, y yo la amaba más allá de la pasión, la amaba con el alma, demostrándole que solo veía el mundo a través de sus ojos.

Después… ella enfermó. Después… sencillamente se fue.

Pero hasta en eso fue experta, porque se fue sin ruido, sin molestias y con su fascinante personalidad intacta. Lo último que me dijo fue que, cuando hizo la promesa, no sabía si sería capaz de cumplirla, pero estaba segura de que lo había logrado. Cumplió su promesa de amarme hasta la muerte.

¿Que si tenía defectos? Claro que los tenía. Muchos.

Era eufórica, descarada y malcriada. Era intensa, explosiva, impetuosa y precipitada. Y exageradamente egoísta. Tan egoísta que nunca aprendió a perder; si quería algo iba por ello hasta conseguirlo, sin detenerse, sin descansar. Nadie podía adelantársele. Luchaba a brazo partido por ser la mejor.

Era competitiva, burlona y, algunas veces, llegaba a ser cruel. Pero tenía una personalidad encantadora y llena de gracia. La gente llegaba a amarla tan deprisa que todos sus defectos comenzaban a formar parte natural de su carácter e incluso algunos los confundían con virtudes.

En cuanto al resto de sus defectos, aquellos que no se tomaba la molestia de ocultar, enamoraba con ellos y simplemente terminaba queriendo y siendo querida por ser quien era.

Por supuesto, en el amor fue vorazmente sincera.

Amaba y punto.

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